Me llamo Jovita y soy una muchacha Maya de quince años. Casi todos somos Mayas en nuestra vecindad, Mayas y mestizos. En la casa hablamos puro Maya y en la escuela casi siempre acostumbramos el castellano. Aquí en la escuela es donde nos enteramos del Mundo Maya y su historia rica, y de la conquista por los españoles. Resulta que los españoles no siempre eran buenos.
A veces pienso que debería actuar como persona mayor porque ya están bien desarrollados mis pechos. Por eso los muchachos me miran con mucha atención y se burlan de mí, llamándome “pechugona” y “tetona” y otras cosas, hasta lanzarme palabrotas. Algunos atrevidos tratan de tocar o manosear mis pechos, pero yo no los dejo. Yo sé muy bien como defenderme y si me molestan les rayo la cara y se alejan lloriqueando.
Todos los viernes por la tarde llenamos nuestra camioneta con comestibles y nos vamos a nuestro ranchito a la orilla de la bahía donde pasamos los fines de la semana. Lo llamamos Rancho Paraíso y está bastante lejos de las afueras de Chetumal donde vivimos. Hay que irse a Calderitas, pasar todos los restaurantes por la costa, luego las ruinas Mayas de Ichpaatún y Oxtankah, los tres puestos de soldados y seguir aún más adelante hasta donde el camino se pierde en la selva tropical. Nuestro rancho es el último, no hay gente más allá, solamente las bestias de la jungla. Bueno, no es un rancho grande con verdaderos animales de cría, pues no, solamente tenemos a la perra Xtul-chen, nuestros tres gatos Xcal-ten, Uxtomil y Jazmín, ocho gallinas y un gallo colorado, y claro, también los peces que se acercan nadando en las aguas bajas y tranquilas por la orilla. Es muy hermoso el rancho con su prado largo con columpios y hamacas, muchas palmeras y su linda playa con la vista a la isla grande de Tamalcab enfrente, deshabitada y silvestre. Lo más bonito es el agua que cambia los colores de su rostro continuamente con la brisa, las nubes y el sol. Por eso nuestra bahía se llama “La Bahía de los Mil Colores”.
Cuando mis hermanos y primos nos acompañan es muy divertido. Pasamos el día entero corriendo, saltando, brincando y gritando. Nos mecemos en los columpios, jugamos a la roña, al escondite o de balón, o nos metemos a las olas suaves del mar. Hay mucho jaleo y me siento muy a gusto. Pero cuando mis compañeros participan en los eventos deportivos escolares o no pueden venir por razones familiares, y yo me voy a estar sola con mis padres, me siento un poco aburrida, y, últimamente, bastante desanimada. Mis padres siempre se encuentran muy ocupados y no me prestan mucha atención. Mi papá descarga las botellas de bebida de la camioneta, corta los cocos de las palmeras y los pela y parte con el machete, mientras tanto mi mamá prepara las tortas de jamón, pollo y queso. Es que también ofrecemos refrescos y alimentos a la poca gente que se atreve a excursionar por esta parte retirada de la selva. Cuando viene la gente, mis padres se entretienen con ella y pasan todo el tiempo hablando de temas del mundo adulto, cosa que no me interesa.
Si no ayudo a mis padres me voy por mis propios caminos. Busco mi sitio preferido, escondido bajo las palmeras entre unas rocas a la orilla donde viven los peces tropicales en las aguas claras y cristalinas. Hay toda clase de peces, de todo tamaño y colores. Cuando el sol ilumina el mar, me fascina ver sus colores intensos centelleando a través del agua transparente, como un calidoscopio de múltiples arcos iris, como miles de serpientes brillantes silbando hacia los rayos del sol. Hay unos peces grandotes, orgullosos, decorados con unas líneas negras verticales que llamamos escudos ojinegros, otros medianos casi redondos, gordos, chuscos, vestidos en colores verdes y amarillos que llamamos tambores verdes, y otros chiquititos, alegres, pintados por encima con unos puntos rojos y azules que llamamos espigas pintadas a lunares, y muchos otros peces. No sé los nombres de todos, pero sé que todos son muy curiosos y graciosos, y todos parecen estar sumamente ocupados a su propia manera. Algunos se persiguen constantemente entre las rocas y me recuerdan de como yo corro con mis amigos. Mientras que otros pececitos permanecen meciéndose muy contentos detrás de las piedras o escondidos dentro de las cuevitas percibiendo la vida alrededor de ellos con unos ojos muy grandes, abiertos, precisamente de la misma manera como yo los sigo con mi vista a ellos.
Aquí, en este escondite de olas calmadas me gusta sentarme por horas, con mis pies descalzos metidos en el agua tibia, observando los peces. Sintiéndome así muy tranquila, unos anhelos dulces desconocidos me envuelven y me pregunto si aparecerá un hombre bueno en mi vida y hacía donde él me llevará. En ocasiones al adormecerme me recurre un sueño en que me aparece un varón rubio y alto, noble y cariñoso, surcando las olas en un velero navegando de costas lejanas para buscarme a mí. En aquellos momentos, cuando se me abren los ojos, entre pestañadas mis sueños bailan sobre las chispas del agua encendida por los fulgores del sol que chupan sus lenguas mojadas, y puedo reconocer los reflejos de mi alma saltando sobre las suaves olas entre estos fulgurantes rayos. Es cuando intento descubrir los rasgos de mi alma en la cara del mar, y hay momentos cuando los veo tan claramente como puedo ver las líneas de mis propias manos ante mis ojos, y comienzo buscar mi futuro en estos rasgos, así como lo he visto hacer las gitanas leyendo las manos de los amantes en las telenovelas. ¿El futuro, qué me traerá?
Pues hoy estoy triste. Me encuentro en mi lugar preferido bajo las palmeras y me recuerdo de un sábado del mes pasado cuando nos visitó un hombre que no puedo olvidar. Atrajo mi atención de golpe. Arribó en un carro enorme, cubierto de polvo y barro por los lados, las ventanas y hasta encima del techo. Saltó del coche el hombre rubio y esbelto, sonriendo, y nos saludó con amabilidad. Ya era mayor, pero parecía muy joven a la vez, muy animado. Preguntó si se permitía andar hasta la playa, y cuando mi madre le invitó pasar, se acercó al agua. Se sentó en una de las sillas y pidió un coco. “Solamente un coco”, dijo con voz modesta, como disculpándose que no deseaba comer algo más extravagante. “No se preocupe”, mi madre le aseguró y le atendió con gusto. Me parecía que venía de un país muy lejano, acaso de España o aún más lejano, porque su piel era tan suave y blanca, hablaba el castellano con un acento muy diferente y no sabía ni una palabra Maya. Estaba yo sentada en mi sitio a la orilla muy cerca de su mesa y le observé con todos mis sentidos despiertos. Se me hacía muy gracioso. Me dio la impresión de que nunca había comido un coco en su vida, ya que preguntó a mi madre si tenía una cuchara. Cuando ella le enseñó como raspar el coco con su tapa natural él comenzó a comer gustosamente. No sabía yo si reírme de él o admirarle y acabé haciendo ambas cosas.
También él traía consigo una cámara. Eso me asustó, porque nosotros los Mayas sabemos muy bien que con una foto se puede robar una capa de nuestra alma. Mi abuelita que es muy sabia siempre me recuerda que es importante defender nuestro conocimiento y nuestra sabiduría Maya, con orgullo y con convicción. Por suerte al extranjero solamente le interesó tomar fotos del rancho, de la orilla, de la bahía, y de la isla enfrente. Cuando terminó de fotografiar lo que le interesaba se acercó por donde estaba sentada yo y me preguntó: “¿Hay peces?” “Claro que si”, exclamé entusiasmada, “asómese y los verá”. Me sentía un poco tímida por dentro, pero él parecía ser una persona muy buena, español o no, con una voz bien agradable. Con orgullo le enseñé los peces moviéndose alrededor de las plantas, circulando entre las rocas agudas, escondiéndose entre las piedras y dentro de las cuevitas. “Qué colores maravillosos”, exclamó él, “es un verdadero paraíso tropical”. “Aquí se puede snorkelear mejor que en Xel-ha”, añadió. No sabía yo lo que era snorkelear pero parecía que todo le gustó bastante y que le impresionó mucho; y eso me hizo contenta. Preguntó los nombres de varios peces y se les di, pero evidentemente no reconocía las palabras, algunas de las cuales eran Mayas, y le causó dificultad pronunciarlas.
Para impresionarle aún más, me levanté y corrí al mostrador para recoger unas tortillas y comencé a tirar unos pedacitos para alimentar a los peces. Pero parecía que no les gustó la tortilla, pues solamente la besaron sin ánimo. Me sentí bastante torpe, porque ya sabía que las tortillas a los peces no les gustan. Espontáneamente tuve la ilusión de que hoy harían la excepción para el huésped extranjero, como quería tanto impresionarle, pero esos peces no me concedieron el favor. El se dio cuenta y dijo: “Acaso tendríamos que agregarlas una salsa picante”, y nos reímos los dos. Él era muy simpático. Me imaginaba como los pobres peces se quemarían sus bocas con el chile verde picoso y no podía terminar de reírme.
¿“Y aquella isla”, preguntó él, señalando hacia la isla de Tamalcab, ¿“la has visitado?” “Claro que sí”, exclamé, “fui con mis padres varias veces, en la lancha. Es selva virgen, allí no vive gente”. “Yaaah”, dijo él, extendiendo su exclamación de sorpresa, ¿hay animales?”. “Sí”, le contesté “¡hay guacamayas, iguanas, cocodrilos, pécaris, zacxicines, ekmuchas, hasta monos!” “¿Monos?,” dijo él con voz incrédula, “tú los has visto?” “Bueno, pues”, dije, vacilando entre decirle la verdad o impresionarle aún más, y continuando en un tono más modesto, dije “en el zoológico”. Soltamos la risa otra vez. “Si claro, en el zoológico”, dijo él, con buen sentido de humor. Me hizo muy contenta de que no le había dicho mentiras.
Luego él se despidió. “Voy a regresar mañana”, dijo en tono serio y sincero, dirigiéndose a su carro y agarrando el volante. Me quedé viéndole arrimada a la puerta de nuestro rancho. “Hasta mañana”, exclamé, y moví mis manos para decirle adiós. Se alejó en una nube de polvo.
Pero nunca volvió.
Le estuve esperando el día siguiente y por muchos días después. No volvió. Siempre me acuerdo como moví mis manos para decirle adiós. Y como desapareció en una nube de polvo.
Hubiera querido compartirle tantos secretos, enseñarle tantas otras maravillas de nuestro rancho, y otras más de nuestra bahía. Me doy cuenta de que nunca le pude enseñar La Punta de los Pelícanos, lugar donde se puede observar estos pájaros majestuosos con sus grandes picos, cayendo bruscamente en vuelo de picada al mar para capturar un bocado de peces. Nunca le enseñé El Banco de Las Conchas que se encuentra más adelante por la orilla de la Ría, con miles de conchas, como las de caballo, de tulipán, de corona, de huevo, de relámpago, conos de florida, alas de los ángeles y muchas otras. Y nunca le pude mostrar mis amigas íntimas, las tortugas, que viven al lado del ojo de agua dulce y caliente, donde ellas se reproducen, las tortuguitas bebés de solamente unos días, y las tortugotas gigantes que tal vez ya llevan más de cien años habitando dentro de sus caparazones.
Me sigo imaginando como estas maravillas le hubieran impresionado. A veces me recorro el sitio donde nos encontramos y nos conversamos, buscando los recuerdos, imaginándome sus gestos. Dejo revivir las escenas pasadas y le veo sentado a la mesa con el coco, o puesto por la orilla de la bahía. Casi puedo oír su voz masculina, relajada, con su acento castellano, estirando sus palabras en un tono de sorpresa.
Otras veces me pregunto por dónde andará viajando ahora mismo, qué está haciendo en este momento, y le veo muy lejano, recorriendo por el mundo con su carro cubierto de polvo. Entonces desearía que mis ojos tuvieran el poder para penetrar montes y rocas, mares y ríos hasta encontrarle y recuperarle a él. En esos momentos me escucho hablando con él, con voz baja y cariñosa, y le pido que venga a nuestro rancho una vez más, tan solamente una vez, para que por lo menos le pueda enseñar las tortugas. “No sabes como te estoy esperando, como ansío volver a verte”, le susurro al oído. Y en mis sueños dulces íntimos al anochecer me imagino que le dejo tocar y sentir mis pechos sin defenderme.
Muchas veces, cuando estoy sentada a la orilla, vuelvo a buscar respuesta a mis añoranzas y anhelos en los reflejos del agua. Pero algo se ha cambiado, el agua ya no es la misma como antes. Su tono claro y cristalino se ha convertido en uno oscuro, turbio y hasta amenazante. Y se queda silenciosa, no importa cuanto le ruego y suplico, ya no quiere responder. Es más, también los peces parecen ser inútiles. Cuando busco las huellas de mi alma en los fulgores reflejados en el agua, parecen estar deformadas. Y cuando quiero adivinar el futuro me causa un susto mortal. Solamente puedo ver mi alma temblando a través del agua, hundiéndose por abajo y perdiéndose por las profundidades inmensas del mar. Me asecha la idea que el extranjero español, aunque no tomó mi foto, me haya robado mi alma Maya, precisamente de la misma manera como sus antepasados lo hicieron con nuestro pueblo en aquellos tiempos lejanos.
© Maniwolf – Original en español por Maniwolf
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